Empieza la maraña: haz una foto. Escribe al administrador. Llama. Envía otra foto. Luego un PEC. Luego otra llamada. Y como siempre, la respuesta es vaga: "Sí, lo sabemos... pero arriba hay una situación complicada. La propiedad está bloqueada por asuntos pendientes. Tendremos que esperar".
Entonces, de repente, algo parece moverse.
Vienen a ver la mancha. Una vez, luego otra.
Llega el administrador, luego los constructores, luego el asegurador. Vuelven en grupo. Comprueban, evalúan, toman medidas. Parecen dispuestos a intervenir.
Te dicen que harán algún trabajo.
Pides confirmación, preguntas, intentas averiguar si realmente se ha arreglado la fuga.
Dicen que sí. O eso parece.
Entonces te mueves.
Te organizas para arreglar el techo.
Llama a alguien, consigue una capa de blanco.
Te dices a ti mismo que se acabó, que todo puede terminar ahí. Que ese halo en el techo por fin es sólo un recuerdo.
Pero no.
Al cabo de unos días, la mancha reaparece.
La misma zona. La misma molestia sutil.
Como una cicatriz que no se cura. Y cada vez te recuerda que la cura prometida era sólo un parche.

